Excelencias; señoras y señores:
1. Agradezco vivamente las felicitaciones que vuestro
decano, el embajador Giovanni Galassi, me ha presentado en
nombre de todos ustedes, sobre todo porque se ofrecen también
en nombre de los Gobiernos y de los pueblos que
representan.
Correspondo a ello dirigiendo a ustedes, así como a sus
familias y a sus seres queridos, los deseos que brotan de lo
más profundo de mi corazón para que Dios les bendiga y conceda
a todos los pueblos un año de serenidad, de felicidad y de
paz.
Señor
embajador, sus amables palabras han ido acompañadas de un
profundo análisis de la actualidad internacional del año
concluido. Ciertamente, el horizonte se presenta oscuro, y
muchos de los que han conocido el gran movimiento hacia la
libertad y el cambio de la década de 1990 se sorprenden hoy al
verse afectados por el miedo a un futuro cada vez más
incierto.
Sin
embargo, para quienes han puesto su fe y su esperanza en
Jesús, nacido en Belén a fin de hacerse uno de nosotros, el
mensaje angélico ha resonado en la noche de Navidad: "No
temáis, os anuncio la buena noticia, una gran alegría para
todo el pueblo: hoy os ha nacido un Salvador" (Lc
2, 10-11). ¡El futuro está plenamente abierto, Dios toma
nuestro camino!
La progresiva unificación de
Europa
2. La luz de la Navidad da sentido a todos los
esfuerzos humanos realizados para que nuestra tierra sea
más fraterna y más solidaria, para que se pueda vivir bien en
ella y para que la indiferencia, la injusticia y el odio no
tengan jamás la última palabra. Aquí podría citar una larga
lista de acciones orientadas hacia el bien por parte de
gobernantes, negociadores o voluntarios que, en estos últimos
tiempos, han puesto su competencia y su entrega al servicio de
la causa del hombre.
Entre
los motivos de satisfacción hay que mencionar sin duda la
progresiva unificación de Europa, simbolizada
recientemente en la adopción de una moneda única en doce
países. Se trata de una etapa decisiva en la larga historia de
este continente. Pero además es importante que la ampliación
de la Unión europea siga siendo una prioridad. Sé también que
se piensa en la oportunidad de una Constitución de la Unión. A
este respecto, es fundamental que se expliciten cada vez mejor
los objetivos de esta construcción europea y los valores sobre
los que ha de apoyarse. Por ello, he constatado, no sin cierta
pena, que entre los miembros que deberían contribuir a la
reflexión sobre la "Convención" instituida durante la cumbre
de Laeken el mes pasado, las comunidades de creyentes no han
sido mencionadas explícitamente. La marginación de las
religiones que han contribuido y siguen contribuyendo a la
cultura y al humanismo de los que Europa se siente
legítimamente orgullosa, me parece que es al mismo tiempo una
injusticia y un error de perspectiva. Reconocer un hecho
histórico innegable no significa en absoluto ignorar la
exigencia moderna de una justa condición laica de los Estados
y, por tanto, de Europa.
Me
alegra mencionar también la noticia tan esperada del inicio de
un diálogo directo entre los responsables de las dos
comunidades de la isla de Chipre. Asimismo, un
Parlamento legítimo en Kosovo es un buen augurio para
un futuro más democrático de la región. Desde el pasado mes de
noviembre, las delegaciones de la República popular de
China y de la República de China forman parte de la
Organización mundial del comercio. Ojalá que este proceso
positivo contribuya a hacer fecundos todos los esfuerzos
realizados por el arduo camino del acercamiento. Se han de
alentar las conversaciones actuales entre las partes en
conflicto que deterioran desde hace tantos años a Sri
Lanka. En definitiva, se han dado avances significativos
en el proceso de pacificación entre los hombres y los
pueblos.
Tierra Santa
3. Pero la luz que se difunde desde la gruta de Belén
ilumina también, y de modo implacable, las ambigüedades y
los fracasos de nuestras iniciativas. Al inicio de
este año constatamos que la humanidad se
encuentra en una situación de violencia, de aflicción y de
pecado.
En la
noche de Navidad hemos acudido espiritualmente a Belén y nos
hemos entristecido al constatar que la Tierra Santa,
donde el Redentor vio la luz, sigue siendo, por culpa de los
hombres, una tierra de fuego y de sangre. Nadie puede
permanecer insensible ante la injusticia de la que es víctima
el pueblo palestino desde hace más de cincuenta años. Nadie
puede negar el derecho del pueblo israelí a vivir de modo
seguro. Pero nadie puede olvidar tampoco a las víctimas
inocentes que, de una parte y de otra, caen todos los días
bajo los golpes y los tiros. Las armas y los atentados
sangrientos nunca serán instrumentos adecuados para enviar
mensajes políticos a los interlocutores. La lógica de la ley
del talión tampoco es adecuada para preparar los procesos de
paz.
Como
ya he dicho muchas veces, sólo el respeto al otro y a sus
legítimas aspiraciones, la aplicación del derecho
internacional, la evacuación de los territorios ocupados y un
estatuto especial garantizado internacionalmente para los
lugares más sagrados de Jerusalén, son capaces de ofrecer un
principio de pacificación en esa parte del mundo, y de romper
el ciclo infernal del odio y de la venganza. Y yo deseo que la
comunidad internacional, con medios pacíficos y apropiados,
desempeñe su papel insustituible, siendo aceptada por todas
las partes en conflicto. Unos contra otros, los israelíes y
los palestinos no ganarán la guerra. Unos con otros pueden
ganar la paz.
La lucha legítima contra el terrorismo, cuya expresión
más horrible son los odiosos atentados del pasado 11 de
septiembre, de nuevo ha dado la palabra a las armas. Ante la
bárbara agresión y las matanzas no sólo se planteó la cuestión
de la legítima defensa, sino también la de los medios más
adecuados para erradicar el terrorismo, la búsqueda de los
responsables de tales acciones, las medidas que se deben tomar
para emprender un proceso de "saneamiento" a fin de vencer el
miedo y evitar que un mal se añada a otro mal, la violencia a
la violencia. Por ello, es conveniente apoyar al nuevo
Gobierno instituido en Kabul en sus esfuerzos con vistas a una
efectiva pacificación de todo Afganistán. Por último,
debo mencionar las tensiones que enfrentan una vez más a
India y Pakistán, para invitar insistentemente a
los responsables políticos de estas grandes naciones a dar
prioridad absoluta al diálogo y a la negociación.
Hemos
de comprender también la cuestión que se nos plantea desde lo
más profundo de este abismo: el papel y la práctica
de la religión en la vida de los hombres y de la sociedad.
Deseo reiterar aquí, ante toda la comunidad internacional, que
matar en nombre de Dios es una blasfemia y una perversión de
la religión, y repito esta mañana lo que expuse en mi
Mensaje para el 1 de enero: "Es una profanación
de la religión proclamarse terroristas en nombre de Dios,
hacer en su nombre violencia al hombre. La violencia
terrorista es contraria a la fe en Dios, creador del hombre;
en Dios que lo cuida y lo ama" (n. 7).
África y América Latina
4. Ante estas manifestaciones de violencia
irracional e injustificable, el gran peligro es que otras
situaciones pasen inadvertidas y contribuyan a dejar a
pueblos enteros abandonados a su triste suerte.
Pienso en África, en las diversas pandemias y en las
luchas armadas que diezman a sus poblaciones. Recientemente,
durante un debate en la Asamblea general de la Organización de
las Naciones Unidas, se hacía notar que había actualmente
diecisiete conflictos en el continente africano. En una
situación así, el nacimiento de una "Unión africana" es, de
por sí, una buena noticia. Esta Organización debería ayudar a
elaborar principios comunes que unan a todos los Estados
miembros, con el fin de afrontar los mayores desafíos, como la
prevención de los conflictos, la educación y la lucha contra
la pobreza.
Y,
¿cómo no referirnos a América Latina, a la cual nos
sentimos siempre tan cercanos? En algunos países de este gran
continente, la persistencia de desigualdades sociales, el
tráfico de drogas, fenómenos de corrupción y violencia armada
pueden poner en peligro las bases de la democracia y
desacreditar a la clase política. Recientemente, la difícil
situación en Argentina ha desembocado en desórdenes
públicos que, tristemente, se han cobrado vidas humanas. Eso
nos recuerda, una vez más, que la búsqueda del auténtico bien
de las personas y de los pueblos debe inspirar siempre la
acción política y económica de las instancias nacionales e
internacionales. Quiero invitar insistentemente a los
habitantes de América Latina, y de modo especial a los
argentinos, a mantener viva la esperanza en medio de las
dificultades actuales, conscientes de que, al contar con
tantos recursos humanos y naturales, la situación actual no es
irreversible y se puede superar con la colaboración de todos.
Por eso, es necesario dejar de lado los intereses privados o
partidistas y promover por todos los medios legítimos el
interés de la nación, recuperando los valores morales, así
como el diálogo franco y abierto, y la renuncia a lo superfluo
en favor de los que sufren todo tipo de necesidades. Con este
espíritu, es preciso tener en cuenta que la acción política es
ante todo un noble, austero y generoso servicio a
la comunidad.
La pedagogía del perdón
5. Esta situación contrastante de nuestro
mundo en el tercer milenio tiene una ventaja, si puede
llamarse así: nos pone frente a nuestras
responsabilidades.
Todos se ven obligados a plantearse las verdaderas
cuestiones: la verdad sobre Dios y la verdad sobre el
hombre.
Dios no está al servicio de un hombre o de un pueblo, y
ningún proyecto humano puede pretender apropiarse de él. Los
hijos de Abraham saben que Dios no puede ser patrimonio de
nadie: A Dios lo acogemos. Ante el pesebre, los
cristianos perciben mejor que Jesús mismo no se impuso a nadie
y se negó a emplear los instrumentos del poder para promover
su reino.
La verdad sobre el hombre, que es una criatura. El
hombre sólo es auténtico cuando se pone ante Dios en actitud
de pobreza. Sólo es consciente de su dignidad cuando reconoce
en él y en los demás la huella de Dios, que lo creó a su
imagen. Esta es la razón por la que he querido que el tema del
perdón fuera el centro del tradicional Mensaje para la
celebración de la Jornada mundial de la paz, del 1 de enero de
2002, convencido de que "el servicio que las religiones pueden
prestar en favor de la paz y contra el terrorismo consiste
precisamente en la pedagogía del perdón, porque el
hombre que perdona o pide perdón comprende que hay una Verdad
más grande que él y que, acogiéndola, puede transcenderse a sí
mismo" (n. 13).
Los
cristianos ofrecen a todas las personas esta verdad sobre Dios
y sobre el hombre, especialmente a sus hermanos y hermanas
fieles del islam auténtico, religión de paz y de amor al
prójimo.
Los grandes desafíos que nos
esperan
6. A ustedes, señoras y señores, confío estas
reflexiones, que nacen de mi oración y de las confidencias de
los que me visitan. Les ruego que las hagan llegar a sus
Gobiernos. No nos dejemos abatir por las dificultades del
momento presente. Al contrario, abramos nuestro corazón y
nuestra inteligencia a los grandes desafíos que nos
esperan:
- la defensa
del carácter sagrado de la vida humana en toda
circunstancia, en particular ante las manipulaciones
genéticas;
- la
promoción de la familia, célula fundamental de la
sociedad;
- la
eliminación de la pobreza, mediante esfuerzos constantes en
favor del desarrollo, de la reducción de la deuda y de la
apertura del comercio internacional;
- el respeto
de los derechos humanos en todas las situaciones, con
especial atención a las categorías de personas más
vulnerables, como los niños, las mujeres y los
prófugos;
- el desarme,
la reducción de las ventas de armas a los países pobres y la
consolidación de la paz, una vez terminados los
conflictos;
- la lucha
contra las grandes enfermedades y el acceso de los menos
pudientes a la asistencia sanitaria y a los medicamentos
básicos;
- la
salvaguardia del entorno natural y la prevención de las
catástrofes naturales;
- la
aplicación rigurosa del derecho y de las convenciones
internacionales.
Ciertamente, se podrían
añadir muchas otras exigencias. Pero si estas prioridades
estuvieran en el centro de las preocupaciones de los
responsables políticos; si los hombres de buena voluntad las
tradujeran en compromisos diarios; si los creyentes las
incluyeran en su enseñanza, el mundo sería radicalmente
diferente.
Sólo el amor puede vencer al
odio
7. Estas son las consideraciones que deseaba
presentarles. Las tinieblas sólo pueden ser disipadas por
la luz. El odio únicamente puede ser vencido por el amor.
Mi deseo más ardiente, que confío a Dios en la oración y
que, según creo, embargará a todos los participantes en el
próximo encuentro de Asís, es que todos llevemos en nuestras
manos desarmadas la luz de un amor que nunca se desanima.
¡Quiera Dios que así sea, para el bien de
todos!